Cuando arrancamos URBANCAT en 2003, lo hicimos con una premisa incómoda: la construcción de calidad había desaparecido del centro de Barcelona. No la arquitectura — la arquitectura seguía produciendo edificios espléndidos sobre el plano. Lo que había desaparecido era la obra honesta, la que se ejecuta como se proyecta, con materia auténtica y plazos creíbles.
Más de 20 años después, esa premisa se mantiene. Cada vez que un cliente nos cuenta una experiencia anterior con otra constructora, escuchamos las mismas tres palabras: sobrecostes, retraso y desentendimiento. Tres palabras que, juntas, han devaluado la palabra "obra" en este país.
Nuestra propuesta es modesta y a la vez radical: devolver a la obra el peso de la palabra dada. El plazo se firma y se cumple. El presupuesto se desglosa y se respeta. El responsable que firma el contrato es el mismo que pisa la obra cada miércoles a las nueve y media. Y, sobre todo, lo que se promete por encima del plano se ejecuta por debajo del techo.
Para sostenerlo hemos construido la casa al revés que muchas constructoras: primero el equipo, después el volumen. Ocho de cada diez personas de la plantilla llevan más de ocho años con nosotros. La rotación es casi cero. Las decisiones de compra de material las tomamos directamente, no a través de intermediarios. Los gremios externos están auditados según nuestro protocolo, no según una hoja de tarifas. Y rechazamos cada año entre el quince y el veinte por ciento de las obras que se nos ofrecen — porque no podemos hacerlas como exigimos hacerlas.
El resultado no es perfecto. Pero al cabo de +20 años, el 68% de nuestros clientes vuelve para una segunda obra o nos recomienda a un tercero. Para nosotros, esa es la única auditoría que importa.
URBANCAT · Dirección — Carta firmada en Barcelona, primer trimestre 2026.